Confesar antes de construir — El egoísmo como sustrato
Una confesión, un argumento, y por qué la única honestidad útil es admitir el egoísmo, alinearlo y aprovecharlo.
Voy a empezar por la confesión: soy egoísta.
No el egoísmo performativo de los manuales de productividad, ese del “cuídate primero” que en realidad es marketing. El otro. El más profundo, el incómodo, el que casi nunca se admite en voz alta. Mis experiencias subjetivas me importan más que las tuyas. Siempre. Aunque las tuyas las conozca y las respete.
Lo que tengo dentro de mi cráneo lo siento. Lo que tienes dentro del tuyo lo imagino. La asimetría es física antes que moral, y todo lo que hago — hasta lo más generoso — pasa por ese filtro antes de salir.
El plot twist, porque siempre hay uno, es que esto te pasa a ti también. Y a todos los que conoces. Lo más útil que he aprendido en los últimos años ha sido reconocer esto: el egoísmo, lejos de ser un defecto que algunos tienen, es un sustrato del que ninguno escapa. Lo que más me costó admitir, y lo que más me ha servido entender.
Las capas que ponemos encima
La civilización ha construido capas y capas sobre ese sustrato. Religión, ética, instituciones, leyes, normas. Llamamos a esas capas “el progreso”, y a veces lo son. Pero la naturaleza debajo es inamovible. Da igual cuántas capas le pongas: si las raspas, lo que aparece es la ley del más fuerte. La biología nos hizo así porque el sustrato funcionaba en la sabana, y lo que funciona no se selecciona contra.
La mayor parte de las ideologías políticas modernas pretenden lo contrario. Pretenden que las capas son la persona y que el sustrato puede borrarse con suficiente educación, o suficiente igualdad, o suficiente vigilancia. Cada vez que un sistema lo ha intentado en serio ha terminado peor que aquello que pretendía sustituir, porque el sustrato no se borra. Solo se desplaza. Y cuando se desplaza aparece donde menos te lo esperas, con más violencia y menos cuentas que rendir.
Hablar con los demonios de igual a igual
Hay otra forma de tratar con un sustrato que no se puede borrar: reconocerlo y conversar con él de igual a igual. Hablar con tus demonios sin pretender exiliarlos, porque en el exilio es donde ganan más poder. Cuando aceptas que también eres capaz de lo peor, dejas de ser su sirviente sin saberlo. Mirarlos de frente y ponerlos en el inventario tiene más efecto que cualquier intento de vencerlos.
Todos somos monstruos en algún sentido. Todos somos capaces de lo peor y de lo mejor. Y la honestidad sobre eso es la materia prima de casi todo lo que ha funcionado. Un buen ingeniero diseña sistemas a prueba de uso malicioso. Una buena constitución asume corrupción y se protege contra ella. Una buena terapia trabaja con los impulsos reales, los que tienes, en lugar de con los que te gustaría tener. La misma idea, aplicada a tres escalas distintas.
La salud es el dominio raro
Aquí entra la parte que justifica el resto del post.
La salud es uno de los pocos dominios donde mi egoísmo coincide con el tuyo casi sin esfuerzo. Yo no quiero enfermar. Tú tampoco. Si financio un tratamiento que me salve a mí, te salva a ti, y viceversa. Los patógenos no respetan fronteras ni ideologías. Las moléculas que tratan a un americano tratan a un ruso. La biología humana es la misma debajo de todas las capas que nos separan en otros sitios.
Por eso la salud es uno de los pocos campos donde he visto a enemigos acérrimos cooperando casi en serio.
- Viruela: erradicada en 1980. La propuesta original la hizo un viceministro soviético en 1958. URSS y EE.UU. colaboraron a través de la OMS en plena Guerra Fría. Egoísmo coordinado: ninguno quería viruela en su territorio.
- Polio: Albert Sabin probó su vacuna oral en la URSS en los años 60 porque allí podía hacer ensayos a gran escala. Un americano, su vacuna, validada por los rusos, en pleno enfrentamiento ideológico.
- Esperanza de vida: de los 30–40 años en el siglo XIX a casi el doble en dos siglos. Eso no es magia institucional. Es lo que pasa cuando millones de egoísmos quedan alineados hacia el mismo dominio durante el tiempo suficiente.
Y sin embargo.
Healthspan estancado
Estamos viviendo más, pero no estamos viviendo mejor más tiempo. El healthspan — los años con buena salud, no solo los años totales — lleva décadas estancado. Vivimos más, pero los años extra son, en gran medida, años malos al final. Cuidados paliativos, dependencia, deterioro cognitivo.
¿Por qué? Porque los egoísmos del sistema están mal alineados.
- A los investigadores les pagan por publicar. El healthspan no aparece como métrica en sus comités de evaluación.
- A las farmacéuticas les rentan los tratamientos crónicos. Las curas, vistas desde un Excel, son malos negocios.
- A los pacientes les ofrecen lo que pueden cobrar: alargar la vida total, aunque el último tramo sea malo.
- A los reguladores les piden no equivocarse. La eficacia transformacional es secundaria frente a la seguridad inmediata.
Cada actor está optimizando su propio egoísmo. Casi nadie está mal intencionado. Pero la suma produce un sistema que entrega años de vida vacíos como subproducto sistemático.
El problema no es el egoísmo. El problema es que los egoísmos apuntan en direcciones distintas.
El diseño honesto
La conclusión que saco de todo lo anterior es práctica, antes que moral: si quieres construir algo que mejore el mundo, dale al egoísmo un sitio en el diseño. Si lo niegas, sale por otro lado. Si lo invitas a la mesa con condiciones, trabaja para ti.
Eso es lo que intento hacer con Metha. El protocolo no le pide a nadie ser buena persona. Le pide alinear su propio interés con la inversión en salud. Cuanto más egoísta sea el inversor — cuanto más quiera maximizar su retorno — más capital fluye hacia investigación biomédica. El egoísmo funciona como combustible una vez que está canalizado.
Si Metha funciona, no va a funcionar porque la gente sea mejor. Va a funcionar porque dejamos de pedirle a la gente que sea mejor.
Cierre
Vuelvo a la confesión del principio.
Todos somos monstruos en algún sentido. Todos somos capaces de lo peor y de lo mejor. Lo único que decide la diferencia entre una vida y otra es a qué hemos apuntado la munición.
Apuntar la mía hacia un dominio donde mi salud coincide con la tuya me pareció la apuesta más honesta que podía hacer con mi propia vida. No por bondad. Por egoísmo bien orientado. Que, mirado de cerca, es lo único que la mayoría de nosotros podemos ofrecer en serio.